/ Avivamiento

Dios quita cargas que hunden para entregar cargas ligeras que avivan

Sin el apoyo de nadie, Sandra Montoya vivía una vida llena de soledad, vulnerabilidad y desamparo, pues debía trabajar arduamente durante el día para poder traer el sustento a sus hijos y de esta manera sacarlos adelante hasta que un día se encuentra con el Señor.

Sandra llevaba una carga muy pesada sobre sus hombros, la responsabilidad por sacar sus tres hijos adelante, en medio de una gran ciudad que atemoriza a quienes no la conocen como lo es Bogotá, le intimidaban; sin embargo, luchaba cada día por sobrevivir con un salario mínimo. Nunca tuvo el apoyo de su esposo, pues era un hombre alcohólico e irresponsable que lejos de ofrecerle una estabilidad, se quedaba tranquilo en su comodidad porque todo lo tenía resuelto.

En medio del cansancio y la desilusión, cierto día, una amiga le comparte de Jesús a Sandra y le invita a hacer la oración de fe que para ella, en el momento, fueron unas palabras mecánicas, sin imaginar que ya había quedado una semilla en su corazón que más adelante daría su fruto.

*“Yo sabía que necesitaba de Jesús, pero quería ir por mi propio camino pese a que me iba llevar a un abismo, sin embargo, leía la biblia y de lejos le miraba, luego me escondía como el que quiere y no quiere”, *sostuvo Monroy.

Y es que ella tenía el paradigma que si venía a la iglesia le iban a cohibir de hacer cosas que ella amaba, por lo cual sacaba excusas para alejarse todo el tiempo.

Pasados dos años lo inesperado llegó, el esposo de Sandra a quien ella odiaba por los malos procesos que habían pasado, regresó con Jesús en su vida, y lleno de amor vino a conquistarla y a ofrecerle una nueva dedicación por su familia. Ella, por su parte, decidió darle una nueva oportunidad.

Al ver el testimonio de su esposo, Sandra decidió venir a la iglesia y el Señor sí que supo enamorarla, le cautivó y ella comenzó a disfrutar cada servicio de Avivamiento, donde el tiempo no pasa, aprendió a amar a todos los que le rodean, y con un suspiro profundo, cuenta que nunca más volvió a sentir soledad.

“Caminar con Dios es una bendición, lo que estimaba como valioso, ahora es como nada al lado del Señor”, agregó Sandra.

Lo que más le impactó es que nadie le persuadió a cambiar de rumbo, sino que fue algo que nació por convicción. Ahora es feliz y le sirve al Señor como ujier en este lugar, donde cada fin de semana vivencia milagros, prodigios y maravillas en miles de vidas.

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