Testimonio de la Familia Herrera Alvarado, la prueba de la fidelidad de Dios.

“En la época en la que se le comenzó a caer el cabello, mi hija sufría de una forma insoportable. A la una de la mañana tocaba correr al médico y después de varias horas, cuando ya amanecía sin que los doctores hubiesen podido ayudarle, seguíamos orando sin parar, pero ella no hacía sino retorcerse en la cama y gritar del dolor. En esos momentos cuando ya no podíamos hacer más nada, solo me preguntaba: Dios mío ¿qué pasó?, ¿dónde estás?”. Así comienza Doris a contar los momentos de angustia que vivieron junto a su hija mayor, que comparte su nombre: Doris Johana.

“Nosotros hemos pasado por situaciones complicadas, pero la más difícil ha sido esa” afirmó. Por su parte, su esposo Benjamín, creyente desde hace más de dos décadas, con ojos brillantes por las lágrimas que quieren salir, expresó que ese fue un tiempo en el cual entre más oraba, más sentía que las cosas se complicaban, sin embargo, confiesa que, en esos momentos de soledad cuando creía que no veía la mano de Dios, aprendió verdaderamente lo que significaba perseverar en la oración y pelear por la bendición.

En ese entonces, en julio de 2015, su hija Doris Johana, de 26 años, tenía cáncer en el ovario derecho, el tumor era grande, casi no podía caminar por el dolor y los médicos en lugar de apoyarle, le recriminaban con dureza el no haber ido a examinarse antes. Fue una época de tristeza, angustia, incertidumbre y temor para la familia Herrera Alvarado, especialmente para Doris; pero en esa noche oscura que duró seis meses, en la que solía mirar por la ventana orando sin poder entender el porqué de lo que estaba viviendo, ella y su familia llegaron al Centro Mundial de Avivamiento.

Las palabras de fe que Dios le daba a través del pastor Ricardo la fortalecieron. Entonces sucedió lo inesperado, la enfermedad que habría podido ser para su muerte, se convirtió en su más grande milagro y en el principio de sus mayores conquistas, bendiciones enormes y sorprendentes que ni ella, ni su familia han dejado de recibir hasta el día de hoy.

La sanidad del cáncer fue solamente el comienzo, los milagros y las bendiciones ahora los persiguen. Recibieron un carro nuevo, cuando solían bajarlos de los taxis por ser demasiados, cinco adultos, pero siete con los niños; un edificio de cuatro pisos, cuando solo tenían 10 millones para construir; apartamentos para cada una de sus tres hijas, en tres días consecutivos y en el orden en que lo escribieron en las peticiones de Avivamiento al Parque; restauración familiar de un matrimonio en su momento más difícil; la presencia innegable de Dios en sus vidas y la felicidad de estar plantados y dando fruto sirviendo en el Avivamiento.

Sin lugar a dudas, la noche oscura repleta de dolor y sufrimiento, Dios la convirtió en la mañana de la alegría y hoy en día pueden animar a todos a su alrededor para que se tomen de la mano de Jesús y confíen Su amor y fidelidad que van más allá de lo que podemos imaginar.