Hay marcas que desaparecen con el tiempo. Otras permanecen para siempre.
Una cicatriz puede recordar una caída, una operación o un momento difícil. Una fotografía puede conservar la memoria de una experiencia. Incluso ciertas palabras o canciones pueden transportarnos inmediatamente a una etapa de nuestra vida.
Pero hay otro tipo de marcas que no necesariamente se ven en la piel: las que deja una experiencia con Dios en nuestra manera de vivir.
El apóstol Pablo habló de ellas al final de su carta a los Gálatas:
“De aquí en adelante nadie me cause molestias; porque yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús.”
— Gálatas 6:17
La palabra que utiliza Pablo es stigmata, relacionada con marcas, señales o cicatrices. En su caso, hablaba de las consecuencias físicas y personales que había enfrentado por anunciar a Cristo: persecuciones, azotes, encarcelamientos, naufragios y rechazo.
No se trata solamente de parecer cristiano
No se trata solamente de cómo vestimos, de cuánto conocemos la Biblia, de cuánto tiempo llevamos asistiendo a una iglesia o de las palabras religiosas que podemos utilizar.
La marca más profunda es otra: una vida transformada.
La pregunta entonces deja de ser “¿la gente sabe que soy cristiano?” y pasa a ser:
¿La gente puede ver a Cristo en la manera como vivo?
¿Cómo reaccionamos cuando nos contradicen?
¿Qué hacemos cuando alguien nos ofende?
¿Cómo enfrentamos una crisis económica?
¿Cómo tratamos a nuestra familia cuando estamos cansados?
¿Qué sucede con nuestras palabras cuando estamos bajo presión?
Ahí aparecen las verdaderas marcas.
Hay personas que han atravesado pérdidas, rechazo, fracasos, enfermedades, crisis familiares o temporadas de profunda incertidumbre. Y aunque esas experiencias dejan huellas, la pregunta es qué hacemos con ellas.
¿Nos vuelven más amargos o más compasivos?
¿Nos hacen desconfiar de todos o aprender a confiar más en Dios?
¿Nos llevan a encerrarnos o nos permiten comprender mejor el dolor de otros?
Una prueba puede dejar una cicatriz. Pero también puede dejar una historia que ayude a alguien más.
Una pregunta para llevar contigo
Si tu familia, tus amigos, tus compañeros de trabajo y tus vecinos pudieran leer tu vida como una carta, ¿qué mensaje encontrarían?
Quizás esa sea una de las mejores maneras de revisar nuestra fe.
No solamente preguntarnos cuánto sabemos acerca de Dios, sino cuánto de lo que hemos aprendido está transformando nuestra manera de vivir.