Vivimos en un mundo que ofrece muchas cosas para llenar el corazón, pero ninguna puede ocupar el lugar que le pertenece a Dios. La verdadera necesidad del ser humano no es una respuesta, una bendición o un milagro; es la presencia del Espíritu Santo. Así como expresa el salmista:
"Como el siervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo..." Salmo 42:1-2.
Nuestra alma fue creada para vivir cerca de Él, y solo en Su presencia encuentra el descanso que tanto anhela.
Muchas veces buscamos las manos de Dios, esperando que resuelva nuestras necesidades, pero olvidamos buscar Su rostro. La diferencia es profunda: Sus manos traen bendición, pero Su presencia transforma el corazón. Moisés lo entendió cuando le dijo al Señor:
"Y él dijo: Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí." Éxodo 33:15.
Una vida llena de logros, pero vacía de Dios, sigue siendo un desierto; en cambio, cuando Él camina con nosotros, aun el desierto puede convertirse en tierra prometida.
David también comprendió que nada podía compararse con la presencia del Señor. En medio del desierto escribió:
"Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas, para ver tu poder y tu gloria, así como te he mirado en el santuario. Porque mejor es tu misericordia que la vida; mis labios te alabarán." Salmo 63:1-3.
El mayor peligro para la iglesia no es la oposición del mundo, sino acostumbrarse a vivir con una pequeña porción de la presencia de Dios. Cuando perdemos el hambre espiritual, reemplazamos la intimidad con actividades, rutinas e incluso ministerio. Sin embargo, el avivamiento siempre comienza en personas que vuelven a tener sed de Dios, que anhelan escuchar Su voz y disfrutar del lugar secreto más que de cualquier otra cosa.
Quizá el milagro más grande que Dios quiera hacer hoy no sea abrir una puerta o resolver un problema, sino despertar nuevamente en nosotros el deseo de buscarlo. La invitación sigue siendo la misma:
"Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces." Jeremías 33:3.
Cuando el Espíritu Santo vuelve a ocupar el primer lugar, todo lo demás encuentra su lugar. La verdadera plenitud no está en lo que Dios puede darnos, sino en caminar cada día con Su presencia. Como recuerda la Escritura:
"El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente." Salmo 91:1.
Que nuestra oración sea la del salmista: "Mi alma tiene sed de ti, Señor". Porque quien aprende a vivir desesperado por Su presencia descubre que no hay tesoro más grande que caminar cada día con el Espíritu Santo.