Hay una verdad que quiero dejar profundamente sembrada en el corazón de cada persona que lea estas palabras: Jesús vino para traer libertad a los cautivos.

Cuando Jesús comenzó su ministerio, entró en la sinagoga de Nazaret, tomó el rollo del profeta Isaías y leyó: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón, a pregonar libertad a los cautivos y poner en libertad a los oprimidos” Lucas 4:18.

Después cerró el libro y declaró: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros”.

Esta no era solamente una palabra para aquellas personas que estaban escuchándolo. Es una palabra que sigue vigente. Jesús continúa trayendo libertad.

La libertad es parte de nuestra misión

Hay algo que muchas veces olvidamos: Jesús no solamente vino a libertar a los cautivos, sino que también entregó esta misión a sus discípulos. Él llamó a los doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar, dándoles autoridad para sanar enfermedades y echar fuera demonios.

Y antes de ascender al cielo, extendió esa comisión a todos los que creen: “En mi nombre echarán fuera demonios” Marcos 16:17.

Por eso, la libertad de los cautivos no es una tarea exclusiva de unas pocas personas. Es parte de la misión de la Iglesia.

Dios está interesado en que sus hijos sean libres, en trasladarnos de las tinieblas al reino de su amado Hijo.

¿A quién le estás abriendo la puerta?

Apocalipsis 3:20 dice: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo”.

Nuestro corazón tiene una puerta. Y hay algo muy importante acerca de esa puerta: se abre desde adentro. Jesús llama, pero nosotros decidimos si abrimos.

Por eso quiero hacerte una pregunta: ¿a quién le estás abriendo la puerta de tu corazón?

Porque mientras Jesús quiere entrar para tener comunión contigo, el enemigo busca cualquier oportunidad para entrar a matar, robar y destruir.

La Escritura nos advierte: “No deis lugar al diablo” Efesios 4:27.

No podemos vivir con la puerta entreabierta. Debemos guardar nuestro corazón y decidir que nuestra vida, nuestra familia y nuestra casa pertenecen a Jesucristo.

Hay puertas que debemos cerrar

A lo largo de la Palabra encontramos personas que abrieron puertas al enemigo.

David era un hombre de Dios, pero en un momento de su vida cayó en pecado y sufrió profundamente las consecuencias. Cuando reconoció su pecado, se arrepintió delante de Dios y encontró libertad.

También vemos el caso de Judas. Él caminó con Jesús, fue parte de los doce y participó del ministerio, pero permitió que la codicia abriera una puerta en su corazón.

Esto nos enseña algo importante: no debemos jugar con aquello que puede apartarnos de Dios.

Necesitamos examinar nuestro corazón. Hay que cerrar las puertas del pecado, del resentimiento, de la falta de perdón y de todo aquello que sabemos que no agrada al Señor.

La Biblia nos dice: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón” Proverbios 4:23.

·       Por eso, si hemos abierto alguna puerta, debemos arrepentirnos.

·       Si tenemos que pedir perdón, pidamos perdón.

·       Si tenemos que perdonar, perdonemos.

·       Si tenemos que sacar de nuestra vida aquello que nos está alejando de Dios, hagámoslo.

No podemos querer libertad mientras seguimos abrazando aquello que nos mantiene atados.

La autoridad viene de Jesús

Jesús no nos dejó indefensos frente al enemigo. Nos dio autoridad en su nombre y poder por medio del Espíritu Santo.

La autoridad es la capacidad de actuar respaldados por alguien que tiene mayor autoridad. Por eso nuestra confianza no está en nuestras propias fuerzas. Está en Jesús.

Cuando ministramos libertad, no lo hacemos en nuestro propio nombre. Lo hacemos en el nombre de Jesús. Y dependemos del poder del Espíritu Santo. Por eso no debemos tener miedo.

El Hijo de Dios apareció para deshacer las obras del diablo y para traer libertad a los cautivos.

No basta con sacar; hay que llenar

Cuando una persona ha sido liberada, no puede quedarse simplemente con la casa vacía. Jesús enseñó acerca de un espíritu inmundo que sale de una persona y después intenta regresar. Si encuentra la casa desocupada, puede volver con otros espíritus peores.

Por eso, después de cerrar las puertas al enemigo, hay que llenar la casa.

¿Y cómo llenamos nuestra casa? Con Jesús, con su Palabra, con oración, con adoración, con comunión con el Espíritu Santo, congregándonos, buscando diariamente al Señor.

La libertad no consiste solamente en sacar aquello que estaba mal. También consiste en permitir que Jesús ocupe completamente el lugar que antes estaba vacío.

Por eso mi oración es: “Señor, llena mi casa”. ¡Llena mi corazón, llena mi familia, llena mis pensamientos, llena mis decisiones, llena cada área de mi vida!

Una casa llena de Jesús

Cuando Jesús es el Señor de nuestra vida, nuestra casa deja de ser un lugar disponible para el enemigo y se convierte en un lugar lleno de la presencia de Dios.

Por eso, después de ser libres, debemos permanecer cerca de Él.

·       No dejes de leer la Biblia.

·       No dejes de orar.

·       No dejes de congregarte.

·       No dejes de buscar al Espíritu Santo.

·       No vuelvas a abrir las puertas que Dios te ayudó a cerrar.

Y si alguna vez tropiezas, vuelve inmediatamente al Señor. Su misericordia sigue disponible.

Hoy quiero recordarte algo: no tienes que permanecer cautivo.

Jesús vino a pregonar libertad a los cautivos.

·       Él vino a poner en libertad a los oprimidos.

·       Él vino a romper yugos.

·       Él vino a sanar.

·       Él vino a restaurar.

·       Él vino a salvar.

Así que abre completamente la puerta de tu corazón a Jesús y ciérrala para aquello que quiere destruir tu vida.

Y haz de tu corazón una casa llena:

·       Llénala de la Palabra.

·       Llénala de oración.

·       Llénala de adoración.

·       Llénala del Espíritu Santo.

Porque donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.

Mi oración por ti es que hoy puedas experimentar esa libertad y que, a partir de este momento, puedas decir con toda certeza:

“Jesús es el Señor de mi vida, mi casa le pertenece a Él y no volveré a abrirle la puerta al enemigo”.

Porque para esto apareció el Hijo de Dios: para dar libertad a los cautivos.